El camino de Santiago a su paso por La Onor de Miengo

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Durante el reinado de Alfonso II en Asturias y Carlo-magno en Centroeuropa, allá en las postrimerías del siglo VIII se difundió por el Occidente cristiano la noticia de
que uno de los Doce apóstoles, Santiago el Mayor, estaba enterrado en un extremo remoto de la Península Ibérica: las tierras de Galicia La leyenda nos dice que un monje halló el sepulcro y que un Obispo mandó construir sobre éste un templo. Rumores de prodigios, curaciones y apariciones fueron, desde entonces, de boca el boca, atrayendo como poderoso imán a devotos de la fe cristiana.

El descubrimiento legendario de los restos del apóstol movilizó a los fieles de toda Europa hacia tierras gallegas.

 

Después de Belén y Jerusalén, Santiago de Compostela fue por ello, el destino más importante de los peregrinos cristianos durante la Edad Media, sobre todo a partir de que Tierra Santa cayera a manos de los turcos en el año 1078. La culminación del viaje constituía una aventura peligrosa, más aún antes de que los monjes cluniacenses canalizaran a los peregrinos por el conocido “Camino
Francés” (a través de Navarra. La Rioja y Castilla y León), durante el transcurso del siglo XII. Las investigaciones sobre los asuntos de la época nos revelan hoy las arterias de un itinerario primitivo, que discurría por el País Vasco, Cantabria y Asturias. Es la llamada ruta Septentrional, que cruzaba La Onor de Miengo.

En la Edad Media, dos eran las rutas que, pasando por Cantabria, llevaban al lugar santo. Una remontaba el curso del río libro hasta Reinosa, atravesando el Puerto de Palombera rumbo a Asturias; otra, más antigua, utilizaba el trazado de la calzada romana de Agripa, próxima a la costa. Desde el siglo XI ambas rutas fueron lentamente sustituidas por las vías de comunicación castellanas que hoy
conocemos, más seguras y cómodas.

De todas las posibles rutas que llevaban a la ciudad de Santiago, la conocida como el Camino aparece reflejado en el Códice Calixtino, escrito por un clérigo francés, en el que detalla incidentes que acontecieron a muchos de los viajeros.

Antes de que las estrellas y la brújula se convirtieran en fiables puntos de apoyo en la orientación en el mar de los marineros, los barcos se veían obligados a seguir
la línea de la costa para no extraviarse, pues ésta era su única referencia. Los fieles que surcaban el mar Cantábrico buscaban el refugio de los puertos por la noche,
no solo para abastecerse de vituallas, sino por temor a que los acantilados y las rompientes les hicieran víctimas de un naufragio. Con el paso del tiempo, fue frecuente que muchos de los viajeros cubrieran parte de la distancia que les separaba de Santiago de Compostela en un navío. Durante los siglos XII y XIII los peregrinos afluían también por mar desde los puertos. Desembarcaban en uno de los puertos de Asturias, Cantabria o el País Vasco, desde donde continuaban por tierra hasta alcanzar la Meseta y el “Camino Francés”. Durante los siglos XII y XIII afluían a Cantabria desde Castro, Laredo, Santander y San Vicente.

Al consolidarse la Reconquista cristiana sobre la Meseta, las rutas fueron relegadas por el Camino, conservándose testimonios del paso de estas aventureras gentes durante los siglos XV, XVI y XVII.

El avance de los peregrinos por el entorno solitario de la Cornisa Cantábrica, de difícil relieve  dura climatología, estaba cuajado de toda suerte de obstáculos a cada paso (pillaje, accidentes, enfermedades), sea cual fuere la ruta elegida para llegar a Santiago.

Algunos de los peregrinos se aventuraban a seguir el pie de la cordillera, pese a lo áspero del terreno. Esta ruta no estaba, pese a todo, exenta de ventajas: pues permitía atravesar los ríos en tramos próximos a su nacimiento, donde el cauce era estrecho y sobre los que resultaba más fácil tender un puente o sencillamente vadearlos.

Los viajeros de a pie que descartaban la ruta del interior, en las estribaciones de las montañas, circunscribían también el litoral, pero por tierra. El trazo abrupto, con el que la costa del norte de la Península Ibérica se asoma a las aguas, les obligaba a dar grandes rodeos para evitar el paso de las desembocaduras de los ríos y los brazos de mar. Aunque, por lo general, evitaban el esfuerzo añadido pagando un pasaje en pequeñas barcas que les cruzaban de una orilla a otra. La Onor de Miengo fue un perfecto ejemplo de esta situación, por su configuración geográfica, enmarcado entre la ría de Mogro y la de San Martín de la Arena. Sendos embarcaderos en las márgenes de los ríos Pas y Saja-Besaya cumplían con el servicio de recibir y dar salida a los peregrinos. De hecho, está documentada la contribución de trigo y maíz que los vecinos de Mogro hacían para el sostenimiento del barco, a cambio de que quedaran exentos de pago los “pobres y romeros”.

Mogro lugar de tránsito: el paso de la barca

Por Mogro discurría un antiquísimo camino, quizá romano, que tras atravesar el pueblo seguía hacía Miengo y Cuchía (donde había salinas) para continuar hacia Santillana atravesando en barca la ría de San Martín por Cudón hasta Santo Domingo de Cortiguera. En 1660 el canónigo Zuyer describía el camino de Santander a Santillana, diciendo que dicha distancia se podía “recorrer por dos caminos, el más corto discurre pasando dos brazos de mar en barcas, que son la de Mogro, a dos leguas de Santander, y la de Santo Domingo, una legua más allá”.

Viejos documentos nos aportan conocimiento tanto de la mucha antigüedad de la barca de pasaje como de su propiedad y naturaleza de sus condiciones de uso

Miengo estaba enclavado en el tramo que unía Santander con Santillana
del Mar. y el camino pasaba por los actuales municipios de Santa Cruz de Bezana y Piélagos, donde los fieles cogían el mencionado barco de Mogro para cruzar la desembocadura del río Pas. Al otro lado les aguardaba la “Casa del barco”, un albergue bajo cuyo techo podían comer y descansar.

No muy lejos (bordeando La Unquera y por el barrio de Cabezón) una iglesia, la de San Martín, y una fuente, la de la Cuela, acogían sus oraciones y su sed. Orillando El Cueto, topaban con el arroyo
de Relleno o Socueva A partir de allí se dirigían hacia el suroeste, por Humilladero y Carriazo. Cuando los viajeros avistaban la iglesia vieja de Cudón (hoy en ruinas) se sabían en la proximidad de la ría de San Martín de la Arena. Tan sólo debían atravesar el barrio de “Vía” para alcanzar el embarcadero. Otro paso de barca, el llamado de Santo Domingo, cruzaba la ría hacia el vecino Suances, donde la senda proseguía, desembocando en Santillana del Mar.

La posición estratégica de Miengo, entre dos villas que custodiaban los restos de mártires, San Emeterio y San Celedonio, en Santander, y Santa Juliana, en Santillana del Mar, incrementó el tránsito de peregrinos por estas tierras. Existe patrimonio arquitectónico y documentación (Reales Ejecutorias de la Chancillería de Valladolid) que corroboran el tramo descrito Debe añadirse, en cuanto a los restos de edificaciones, que hubo en la Onor un monasterio, el de San Fructuoso, del que se sabe que era dúplice, pero del que desgraciadamente hoy no queda piedra sobre piedra. De otro lado, la primitiva ermita de Rumoroso, en el barrio de Mijares, guarda en su único altar una talla del Apóstol Santiago, representado con los atributos y vestimenta de los peregrinos.

El municipio de Miengo en 2017, cuando tiene lugar el año Jubilar Lebaniego segundo  del segundo milenio cristiano y el  número 73 en su haber, quiere honrar a los peregrinos que pasaron y a los que han de cruzar sus tierras con la recuperación de las antiguas vías medievales y modernas, bien a celebrar dicho año santo Jubilar lebaniego y  hacia Santo Toribio de Liébana o bien  a los que continúen hacia Santiago de Compostela a ganar el jacobeo.